PALESTINA UN FRAUDE DE EXPORTACIÓN

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Durante las Cruzadas murieron muchos judíos y musulmanes en eretz israel, a manos de los invasores. Tampoco en ese tiempo los musulmanes fueron identificados como palestinos. Esa denominación hubiera parecido absurda. Más adelante el Imperio Otomano redujo el país a “Vilayato de Jerusalén”, porción de una extensa provincia llamada Siria. Recién a fines del siglo XIX volvió a renacer la palabra Palestina, con el objeto de diferenciar su espacio del resto de Siria. Es interesante consignar que tuvo más éxito entre los judíos que entre los árabes y musulmanes en general. Cuando a principios del siglo XX surgió el nacionalismo árabe, manifestó su enojo y ¡acusó al sionismo de haber inventado Palestina! No había “pueblo palestino”, sino un territorio que se empezaba a llamar Palestina, y donde todos sus habitantes cristianos, judíos, musulmanes, drusos- eran identificados como palestinos. Los judíos se reconocían a sí mismos como “judíos palestinos”. Hasta el diario sionista Jerusalem Post se llamaba entonces Palestine Post. El mapa demográfico había empezado a modificarse a partir del siglo XIX. Según referencias de viajeros célebres, entre los cuales podemos mencionar a Mark Twain- el país estaba casi totalmente desierto y abandonado. Se podía viajar día enteros sin ver un alma. Había pequeñas comunidades judías arraigados en Jerusalén, Iafo, Hebrón, Tiberias y Safed, que convivían con una escasa población árabe (jamás llamada pueblo palestino, es necesario insistir). Antes del primer Congreso Sionista (1897) ya se fundaron granjas y empezó la sistemática inmigración judía. La actual geografía que comprende a Israel, Jordania y los llamados Territorios Palestinos, se identificaba en todo el mundo como Palestina, en especial gracias a la energía del movimiento nacional judío, que creció de forma exponencial durante el imperio otomano. Antes de la Primera Guerra Mundial inventó los kibutzim, construyó carreteras, fundó grandes ciudades (Tel Aviv en 1909), forestó colinas desiertas, habilitó granjas, levantó escuelas, amplió Jerusalén fuera de las murallas y hasta organizó una fuerza de autodefensa. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la comunidad judía prestó un heroico apoyo a las fuerzas aliadas. Antes de terminar la conflagración, en reconocimiento a su despeño, fue lanzada la Declaración Balfour que reconocía el derecho a levantar en Palestina un Hogar Nacional para el pueblo judío. Llegada la paz, las potencias victoriosas se distribuyeron con mentalidad colonial toda la región. De ese modo Palestina e Irak quedaron bajo hegemonía inglesa, mientras Siria y el Líbano (segregada de Siria) pasaron al dominio francés. Inglaterra, para agradecer el apoyo de la dinastía hashemita, designó a Feisal rey de Irak y amputó dos tercios de Palestina para crear el reino hashemita de Transjordania con Abdullah en su trono. Gran Bretaña tenía un proyecto que no coincidía con la Declaración Balfour y, a poco andar, empezó a obstruir el crecimiento del Hogar Nacional Judío. Pero en ningún momento se hablaba de otro “pueblo palestino” que la totalidad de sus habitantes, en especial los judíos, empeñados en conseguir la independencia. Los árabes no manifestaron la misma ambición y ciertos grupos reaccionarios, dirigidos por el filo-nazi Mufti de Jerusalén, escogieron como objetivo de su lucha exterminar a los judíos que traían el progreso y la obscena secularización. El resto de la historia es muy cercana. La ONU decidió la Partición de Palestina en dos Estados, uno Árabe y otro Judío. El Judío voceó su independencia apenas Gran Bretaña arrió el pabellón. Los árabes, en cambio, no proclamaron ningún Estado, sino que se lanzaron a una guerra de intenciones genocidas: “arrojar todos los judíos al mar”. Cerradas las hostilidades, tampoco proclamaron un Estado árabe en las tierras que retuvieron. En 1949 Transjordania cambió su nombre por el de Jordania para consolidar la apropiación de un espacio que jamás le había pertenecido. Durante casi dos décadas no hubo ningún intento de erigir un Estado árabe en los territorios bajo el poder de Egipto y Jordania. Recién poco antes de la Guerra de los Seis Días, el presidente Nasser fundó la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) con el propósito de destruir a Israel y, recién sobre sus ruinas, erigir un Estado árabe, quizás sin la Cisjordania entonces en poder del reino hashemita (¡vaya paradoja, porque ahora Cisjordania es el núcleo de la Autoridad Palestina!). Las palabras “Palestina” y “palestinos” fueron perdiendo su sentido original. Se ha impuesto uno nuevo, producto de una invención que adquirió rápida potencia y se fue revistiendo de mitología, como atribuirle una existencia anterior al patriarca Abraham. Ahora se habla del “pueblo palestino” con una identidad excluyente y que es, además, el pueblo aborigen de ese país (con absoluto desprecio de la historia): ya no son los judíos, sino sólo los árabes de Tierra Santa o la histórica Eretz Israel quienes lo integran.

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