La pedofilia según Jomeini y el Islam

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Actualmente en Irán y en otros muchos países musulmanes, la edad legal para contraer matrimonio está determinada por el casamiento entre Mahoma y Aïcha. Sabido es que el Profeta tomó como esposa a Aïcha cuando esta tenía apenas 6 años y que consumó el matrimonio antes de que cumpliera los 9. En tiempos del Shah la edad legal para las mujeres estaba establecida en los 16 años. Cuando el ayatolá Jomeini tomó el poder, esta fue rebajada a los 9 años. Irán progresa.

No es necesario recordar que la penetración sexual de las niñas a esas edades tan tempranas puede dañar seriamente sus órganos reproductivos, sin hablar ya del daño sicológico que resulta de ello.

Lo que en la cultura occidental resulta extremadamente chocante y reprobable en grado sumo, y es percibido como un abuso intolerable que indigna a toda conciencia normalmente constituida, en el mundo islámico es considerado algo normal y aceptable. No afirmaremos que en el islam todos los hombres aprueban y menos aún llevan a la práctica uniones de esas características tan extremas, aunque estén permitidas por la ley y amparadas por la religión (si bien la verdad es que la edad a la que se casan las mujeres en los países musulmanes suele ser bastante temprana en contraposición a las costumbres occidentales), pero lo innegable es que la mujer es considerada en todo y a lo largo de su vida un simple objeto para uso y consumo del hombre musulmán, en una situación de absoluta e insuperable subordinación que no la respeta ni la protege ni tan siquiera en su niñez.

En cuanto a la pedofilia dirigida a los niños hay algo sumamente curioso en el Corán. En el libro santo de los musulmanes (el mensaje de Alá transmitido a Su Enviado Mahoma por el arcángel Yibril) se puede leer los siguiente: “Para servirles (a los moradores del Paraíso), circularán a su alrededor muchachos de formas perfectas como perlas ocultas” (sura 52:24); “Serán servidos por niños que nunca se harán mayores” (sura 56:17); “Y circularán entre ello criados jóvenes de eterna juventud. Viéndoles se les creería perlas desparramadas” (sura 76:19). Los especialistas en la materia apuntan casi al unísono a una interpretación en clave de pedofilia de estos versículos. ¿Pues alguien cree que esos jóvenes efebos descritos tan sugestivamente están a disposición de las mujeres musulmanas que hubieran obedecido correctamente al mensaje del islam?

En un libro publicado en Egipto y que lleva por título “Pensamientos de un musulmán sobre la cuestión sexual“, el jeque Mohamed Gala Keshk hace un comentario sobre esta cuestión. El escritor afirma que aquél que resiste a la tentación de la pedofilia en la Tierra se verá recompensado en el Paraíso teniendo a su disposición adolescentes varones para su disfrute (es sin duda una manera “ingeniosa” de combatir la pedofilia en el mundo real, prometiendo recompensas ultra terrenales). La publicación de este libro provocó una crítica severa de parte de muchos lectores. La Universidad Religiosa Al-Azhar de El Cairo (una referencia en el mundo islámico) convocó un comité de examen que se tomó bastante tiempo para entregar sus conclusiones. El 22 de julio de 1984 este comité decretó que ese libro no era contrario a las enseñanzas del islam.

Como vemos, esta cuestión está lejos de concitar la unanimidad entre los propios musulmanes, que parecen tener opiniones bastante encontradas. En todo caso hay un hecho innegable, que es la existencia de unos versículos del Corán bastante inequívocos, y una conclusión que no escapa una elemental reflexión sobre el tema. Y esta es que siendo esos “jóvenes de eterna juventud” prometidos como un premio celestial a la virtud, esta recompensa sólo puede contribuir a hacer más deseable la pedofilia. El hecho de asimilar el sexo con niños y adolescentes a un deleite paradisiaco habla a las claras de la pedofilia latente (reprimida o expresada) de la cultura árabo-musulmana, favorecida sin duda por la aceptada y santificada pedofilia hacia las niñas.

¿Hace falta insistir sobre la infame catadura moral que es es el sello indeleble de la cultura de los pueblos musulmanes, de la miseria espiritual de la cosmovisión islámica, de la profunda degradación de un mundo enfermo sin remedio que no tiene cabida en el concepto mismo de civilización, una religión huérfana de toda bondad y compasión humanas? No condenamos a todos los musulmanes uno por uno, ni queremos considerarlos como enemigos a todos sin excepción , pero a través de la observación, ni siquiera excesivamente profunda ni erudita del islam y sus manifestaciones culturales y sociales, queda dibujado el insalvable abismo cultural, moral y sicológico que nos separa a los occidentales de los musulmanes de cualquier color. Ese mundo que calificamos de abyecto e incivilizado no tiene cabida en el nuestro. Los usos y las costumbres, los valores y los principios islámicos están fuera de nuestro universo moral, son radical e insalvablemente antagónicos a los nuestros. El aceite y el vinagre no son compatibles ni se pueden mezclar. Sus diferentes densidades hacen imposible toda fusión. No puede haber convivencia pacífica alguna entre “ellos” y “nosotros” y el conflicto latente que existe entre ambas partes hará al fin crisis y explotará en algún momento. Ya sólo nos queda prepararnos para lo inevitable.

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