El conflicto árabe-israelí, si es religioso.

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Hablando sobre la explosiva situación en Jerusalén, la ex-ministra de Justicia israelí, Tzipi Livni, ha repetido una vez más que “era absolutamente necesario evitar que el conflicto se deslice desde un conflicto político hacia un conflicto religioso”. Esta fórmula que se instala cada vez más en el debate político en Israel es una señal de la profunda incomprensión de lo que está en juego. Peor aún, de la negativa a verlo. No entender la verdadera naturaleza del conflicto es la garantía de no ser capaz de resolverlo o calmarlo, y por cierto, de proponer soluciones que agravan más las cosas que las mejoraran.

Este también quiere ser un pequeño mensaje a la atención de esos que han creado esa nueva religión llamada “El testamento de Rabin” y que, en estos días, nos llaman “a caminar sobre sus pasos”.

El conflicto árabe-israelí, y después el conflicto israelo-palestino, no es político. A pesar de que tiene ciertos problemas políticos y territoriales, es sobre todo nacional, cultural y religioso. En resumen, es civilizacional, porque pone en juego a las tres religiones monoteístas y no por casualidad. La cristalización del conflicto en torno a Jerusalén, buscando la participación de las “naciones del mundo”, ya fue anunciada hace más de 20 siglos por los profetas de Israel.

Para negar el aspecto religioso del retorno de los judíos a Sión se nos dice a menudo que los pioneros sionistas del XIX y de principios del siglo XX no eran religiosos, sino todo lo contrario. Esto es incorrecto. Ellos no eran observantes, es cierto, decían querer romper con el judaísmo tradicional, el judaísmo diásporico, pero sin saberlo estaban impregnados de la cultura religiosa y estaban influidos por el aliento y el impulso que la religión y la cultura judía habían insuflado desde hacía 20 siglos, con la esperanza de un retorno a Sión que sus antepasados expresaron diariamente.

Incluso los más ateos entre ellos oyeron cada año la invocación “El próximo año en Jerusalén” en la fiesta de Pascua. Todas sus referencias provenían de la Biblia y de los profetas de Israel, y ellos también tenían conciencia de venir a hacer revivir y florecer no cualquier tierra, sino la Tierra que Dios prometió al pueblo de Israel. Hoy en día, el regreso de lo religioso también es palpable en Israel, donde cada vez más personas vuelven a las fuentes tradicionales del judaísmo y se dan cuenta de que lo que está en juego va mucho más allá de la política.

La oposición árabe al sionismo es, también, esencialmente religiosa. Para el Islam, una vez que un territorio es islamizado, nunca puede cambiar su estatuto, y la idea de que un pueblo dhimmi (sometido bajo el Islam) puede ser libre en una tierra del Islam (Dar al-Islam) le resulta insoportable. Este es el meollo del conflicto. En la década de 1920, el Mufti de Jerusalén Haj Amin al-Husseini, un aliado de Hitler, luchó ferozmente contra el sionismo y los judíos por motivos islámicos, no políticos. Su acción fue decisiva en la formación del nacionalismo palestino, bajo todas las tendencias confundidas. Todos los líderes árabes palestinos que le siguieron, incluso aquellos que se decían laicos, decían obrar “en el nombre de Alá” y de la “Yihad”, y utilizaron toda la gama del vocabulario religioso. Hoy en día nos encontramos con todos estos temas en la fraseología de una Autoridad Palestina que muchos consideran, erróneamente, como no religiosa con respecto a Hamas. Y así como Yasser Arafat, hoy Abu Mazen invoca el argumento religioso “de la defensa de Al-Aqsa” para incitar a la violencia. Y él no acusa a Israel de “israelizar Jerusalén”, sino de “judaizarla”.

Si este conflicto hubiera sido solamente político, podría haber sido resuelto entre 1949 y 1967, cuando los famosos “territorios”, así como la parte oriental de Jerusalén, esos que la OLP reclama hoy, no estaban bajo la administración israelí sino jordana. Pero los árabes palestinos, por aquel entonces, no estaban ni siquiera interesados, en parte debido a que el concepto de “pueblo palestino” no estaba aún conformado como lo está hoy, sino sobre todo porque no había “peligro” de que esos territorios estuvieran en manos no musulmanas. Por eso, los ataques terroristas árabes se centraron en el “Israel de 1949”. No fue hasta después de 1967 que comenzaron a aparecer términos como “territorios ocupados” y la reclamación de Judea y Samaria para establecer un Estado palestino: y ello debido a que esas áreas habían regresado a manos judías.

La actitud de la Unión Europea, que escruta y critica de manera irracional la política israelí, y exige al Estado judío de Israel lo que ella no haría ni pediría a los demás, es también de algún tipo de origen religioso. Es el producto de siglos de “enseñanza del desprecio” que dio forma a una imagen degradada y envilecida del judío que, precisamente, está en las antípodas de lo que representa el Israel actual, y que a Occidente le está costando admitir.

Paradójicamente, la emersión de la naturaleza religiosa de este conflicto es algo bueno a largo plazo. Esto demuestra que con el tiempo los conceptos se afinan y los verdaderos problemas salen a la superficie, y los roles de cada actor se vuelven más límpidos, más auténticos, sobre lo que se está jugando en esta región desde hace más de un siglo.

La solución de este conflicto – el más complejo que el mundo jamás haya conocido – vendrá solamente a través del reconocimiento del rol y del lugar de Israel por las dos civilizaciones hermanas del judaísmo. Al lado de Roma y La Meca, Jerusalén está llamada a convertirse en lo que fue en su apogeo.

Es sólo una cuestión de tiempo.

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