La invasión musulmana por el útero, que no cesa.

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En Europa, desde el Atlántico hasta los Urales viven cerca de 50 millones de musulmanes. Dentro de los límites de la Unión Europea se estiman en unos 20 millones, y su número crece aceleradamente.
En Suiza ya son el 5% de la población, el 10% en Rusia. En Georgia son el 12%, el 12% en Bulgaria, el 30% en Macedonia, el 60% en Bosnia-Herzegovina, el 80% en Albania. Sólo en Ucrania, Eslovaquia, Rumanía, Islandia, Finlandia, Irlanda, Bielorrusia y los países bálticos el porcentaje de la población musulmana es insignificante o muy reducido. La República Checa, Hungria y Croacia también parecen escapar relativamente indemnes de esta invasión. No así Serbia con el 19% y Chipre con el 18% .

Esta marea parece no haber alcanzado aún a Polonia. Afortunados polacos. Pero en todas partes el rebaño islámico crece a ojos vista. Y no sólo porque la invasión avanza de forma imparable, sino también porque los musulmanes constituyen el grupo cultural y religioso más prolífico del mundo. Característica favorecida por la poligamia y por el hecho de que el Corán ve en la mujer ante todo un vientre para parir. A eso hay que añadir la deliberada política fomentada por los imanes integristas y las organizaciones musulmanas en Europa para acelerar la conquista de Europa mediante una natalidad expansiva, considerada de momento como la mejor arma para conseguir ese fin, en espera de poder utilizar en un futuro más o menos cercano otros medios menos incruentos para abreviar el proceso.

La fertilidad musulmana es la principal causa de los mayores disturbios y conflictos que agitan el mundo actual. Así lo decía ya Samuel Huntington hace unos años en su denostado “Choque de civilizaciones“: “El resurgimiento del islam se debe a los índices espectaculares de crecimiento demográfico. (…). Así, el crecimiento de la población islámica es un factor importante que contribuye a los conflictos entre musulmanes y otros a lo largo de las fronteras del mundo islámico” (lo que llama en otra parte “las fronteras sangrientas del islam“).
La extraordinaria explosión demográfica musulmana está en el origen del conflicto argelino que ha ensangrentado a ese país durante cerca de dos décadas (enfrentamiento en el cual no entraba el elemento occidental), de las guerras de los Balcanes y del Cáucaso, del estado de permanente agitación en Cachemira, de las refriegas continuas en el Kurdistán turco, de los combates intermitentes de Sudán y Somalia, de la guerra civil larvada en Nigeria…
En los años 60 del siglo pasado los musulmanes de Kosovo constituían el 60% del censo de la provincia yugoslava, en los años 90 ya eran el 90%, y hoy son, después de la limpieza étnica que han llevado a cabo contra los serbios, el 95% de la población de ese territorio usurpado (¡con el beneplácito de la Unión Europea y la ayuda militar de la OTAN!). En el Libano, el equilibrio étnico-religioso, favorable aún hace 25 años a los cristianos maronitas, se ha roto en favor de los musulmanes, debido sobre todo a la desaforada tasa de natalidad de los chiítas. En la UE, los bebés musulmanes constituyen todos los años el 10% de los recién nacidos, en Bruselas el 30%, en Marsella el 60%, y en todas parte el porcentaje está aumentando dramáticamente. En España nacen probablemente más moros al año que los que logran colarse en ese mismo lapso de tiempo por nuestras porosas fronteras.
Esto no ocurre porque si. En 1974, el entonces presidente Boumedienne de Argelia habló ante la Asamblea de las Naciones Unidas: “Un día millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria“.

La “Política del Vientre” (que les ha dado a los bosnios musulmanes y a los albanokosovares la victoria sobre los serbios en la antigua Yugoslavia, con la decisiva ayuda de… ¡Occidente, encabezado por los EEUU!), es decir la estrategia de exportar seres humanos y hacerlos tener hijos en abundancia, ha sido siempre el sistema más simple y más seguro para apoderarse de un territorio, dominar un país, sustituir a un pueblo o soguzgarlo. Desde hace siglo el expansionismo islámico se ha desarrollado a la sombra de esa estrategia. Hoy la amenaza del presidente argelino es un precepto. En todas las mezquitas de Europa la oración del viernes va acompañada de la exhortación que incita a las mujeres musulmanas “a parir al menos cinco hijos“.

Cualquiera que camine por las calles de una ciudad española o europea verá con sus propios ojos que ese precepto es seguido al pie de la letra por las mujeres musulmanas, incluso a partir de edades tan tempranas como los 16 ó 17 años: es casi imposible no cruzarse cada veinte metros con una o varias de esas féminas que no esté visiblemente preñada o vaya empujando algún carrito ocupado (o las dos cosas a la vez) y lleve detrás de su repelente silueta unos cuantos descendientes de diferentes edades y tamaños pululando en todas direcciones.

Es la Danza del Vientre, no esa del tópico hollywoodiense o del turismo de pacotilla, de palmeras, camellos y arenas calientes. Es la infernal Danza del Vientre, la matriz en perpetua ebullición, los hirvientes intestinos en incesante movimiento, el útero generando sin pausa un pequeño soldado de Alá cada nueve meses, otro futuro parásito a cargo del presupuesto, otro moro para repantigarse en los bancos de las plazas, otro berreador callejero, otro degollador de ovejas en la bañera de su casa (de protección social muchas veces), un apoyador de esquinas más para apuntalar nuestros ruinosos edificios (y las farolas de nuestras calles, los buzones de correo y hasta los quioscos de la ONCE), el próximo hombre-bomba que se hará saltar por los aires a la orden de su imán en el venerado nombre del Profeta.
Oriana Falacci lo dice de esta manera: “Se multiplican como ratas” (“La rabia y el orgullo“). Y un cronista español del siglo XVII, D. Fonseca, apunta, acerca de los moriscos, perpetua amenaza y quebradero de cabeza de su época: “Iban creciendo mucho más que el número de los españoles, y así, aunque por aquel tiempo fueran muchos menos (los moriscos), la buena cuenta dice que dentro de pocos siglos habían de ser ellos los más. (…) Y todos multiplicaban como conejos; y por esta cuenta no es mucho que se doblase el número cada diez años” (D: Fonseca, “Justa expulsión de los moriscos de España“, 1612). A aquel problema nuestros inteligentes y valerosos antepasados le pusieron remedio sin flaquezas ni titubeos.
Pero 400 años después de aquella saludable y necesaria medida, y por efecto de un abandono suicida de todo sentimiento nacional, de un decaimiento moral sin precedentes, de una universal deserción intelectual, de una renuncia indigna de todo ideal y de una profunda atrofia del instinto de conservación, volvemos a estar como entonces. Pero esta vez, manifiestamente sin el menor atisbo de la inteligencia y el valor de antaño.
Hoy volvemos a enfrentarnos a una nueva ofensiva del vientre islámico, que amenaza inundarnos con su estirpe inacabable. Nos hemos adormecido en la engañosa ilusión de que lo que tenemos es un regalo de la Providencia y que su disfrute nos está asegurado por los siglos de los siglos a salvo de toda contingencia y peligro. Y que los dioses que nos han colmado con los dones de los que gozamos, también nos preservarán de su perdida y nos salvarán ante cualquier adversidad.
Hemos enterrado toda idea de lucha, toda voluntad de esfuerzo, todo espíritu de sacrificio, toda vocación de progreso, y entregados a los cantos de sirena del hedonismo, del pacifismo, del multiculturalismo, de la igualdad universal y de un relativismo moral absoluto, nos hemos convencido de que la sumisión y el abandono son preferibles a la dignidad y al combate por la existencia.
Contra toda lógica y razón, seguimos ignorando las lecciones de la historia y haciendo oídos sordos a las advertencias de los profetas que predican en el desierto de unas conciencias dormidas y bostezantes. El despertar será duro.

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