La conexión judía con Jerusalén es la más antigua y fuerte del mundo.

El judaísmo hizo de Jerusalén una ciudad santa hace tres mil años, y los judíos siguieron fieles a ella a lo largo de todo este tiempo. Los judíos rezan en esa dirección, mencionan constantemente su nombre en las oraciones, rematan los oficios de Pascua con la melancólica sentencia “El año que viene a Jerusalén” y recuerdan a la ciudad en las bendiciones del final de cada comida. La destrucción del Templo pesa enormemente en la consciencia judía; el recuerdo cobra formas tales como una jornada especial de luto, domicilios a medio rematar, el maquillaje o la joyería femenina a medias o el vaso roto en las bodas. Además, Jerusalén ha ocupado un papel histórico destacado, es la única capital del estado judío, y es la única ciudad de mayoría judía del último siglo entero. En palabras de su actual edil, Jerusalén representa “la expresión más pura por la que rezaron, soñaron, lloraron y murieron todos esos judíos durante los dos mil años transcurridos desde la destrucción del Segundo Templo”.
¿Qué pasa con los musulmanes? ¿Dónde encaja Jerusalén en el islam y la historia musulmana? No es el lugar hacia el que rezan, no se menciona ni una sola vez en las oraciones, y no guarda relación con ningún acontecimiento mundano de la vida de Mahoma. La ciudad nunca fue capital de un estado musulmán soberano, y nunca fue centro cultural ni académico. Nada de importancia política para los musulmanes partió de allí.

Una comparación deja este extremo muy claro: Jerusalén aparece en la Torá judía 669 veces y Sión (que normalmente significa Jerusalén, Tierra de Israel algunas veces) 154: 823 veces en total. La Biblia cristiana menciona Jerusalén 154 veces y Sión 7. En contraste, destaca el columnista Moshe Kohn, Jerusalén y Sión aparecen con la misma frecuencia en el Corán “que en el Bhagavad-Gita hindú, el Tao-Te Ching taoísta, el Dhamapada budista o el Zend Avesta zoroastro” — es decir, ni una sola vez.

¿Por qué cobra ahora tanta relevancia para los musulmanes, al extremo de estar gestándose aparentemente un sionismo musulmán en el mundo musulmán, teniendo la ciudad una importancia religiosa tan evidentemente insignificante? ¿Por qué los manifestantes palestinos toman las calles al grito de “Sacrificaremos nuestra sangre y nuestras almas por ti, Jerusalén”, y sus hermanos de Jordania gritan con entusiasmo “Sacrificaremos nuestra sangre y alma por Al-Aqsa”? ¿Por qué el rey Fahd de Arabia Saudí llama a los países musulmanes a proteger “la ciudad santa [que] pertenece a todos los musulmanes del mundo”? ¿Por qué concluyen dos sondeos realizados entre los musulmanes estadounidenses que Jerusalén es su motivo de mayor preocupación en política exterior?

Por la política. Un examen histórico demuestra que la importancia de la ciudad, y las emociones que la rodean, aumenta inevitablemente entre los musulmanes cuando Jerusalén cobra importancia política. Por contra, cuando la utilidad de Jerusalén caduca, su importancia y las pasiones que despierta también lo hacen. Este patrón emergió por primera vez durante la vida del profeta Mahoma a principios del siglo VII. Desde entonces se ha repetido en cinco ocasiones: a finales del siglo VII, durante las Contracruzadas del XII, en las Cruzadas del XIII, durante la era de administración británica (1917-48) y desde que Israel se hizo con el control de la ciudad en 1967. La consistencia con la que surge a lo largo de una horquilla temporal tan amplia brinda un importante punto de vista de la confrontación actual.

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